Lo que plantea Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley

Hay gente que creerá que este libro trata sobre el control de la población, la tiranía del gobierno y la manipulación de las personas. Aunque una buena parte del libro engloba eso, discrepo en que ese sea el fin último de su autor. Para mí es más un tratado sobre el humano en sí y su naturaleza. Discute si realmente queremos la felicidad, y sorprendentemente, la respuesta es que no.
Os pongo un poco en contexto. Imaginad que, en vez de reproducirnos naturalmente, fuéramos hechos con características específicas en fábricas, incluso llegando a atontar a propósito a las personas. Las personas somos clasificadas en 5 categorías según su inteligencia y físico. Nos educan a no temer a la muerte, a rechazar la soledad y las relaciones personales profundas y a tener sexo desde edades demasiado tempranas (7 u 8 años). Parece todo demasiado antinatural; sin embargo, una vez asentada así la civilización, son felices.
Se rechazan los sentimientos fuertes, utilizando para ello una droga llamada soma, la cual no es dañina y te eleva a una nube de tranquilidad y éxtasis.
Gracias a esto se logra una sociedad mansa, tranquila, donde todo el mundo está contento con su rol y es, en definitiva, un mundo feliz.
No os voy a desvelar la trama de Un Mundo Feliz, pero hay un factor extraño que se introduce en esta sociedad civilizada y deja al lector con varias preguntas. La más importante es: ¿queremos realmente la felicidad?
La respuesta es, para mí, un depende. Queremos ante todo la felicidad, pero con un condicionante, si esa felicidad es lograda. Las personas en esta sociedad son realmente felices, pero no son libres ni han hecho nada para llegar a esa felicidad. Tienen alegría cuando lo deseen (soma), sexo fácil (ya que se promueve la promiscuidad) y todos los alimentos que necesitan.
El ser humano, en lo más profundo de sí, anhela es deseo de identidad. Esa identidad solo se consigue a través de la libertad y la búsqueda de sí mismo. Por eso la primera pregunta que se efectúan en la filosofía es: “¿quién soy y de dónde vengo?”
Cuando nos arrebatan esa posibilidad de buscarnos, no superamos el obstáculo de la frustración y de la sensación de no encajar, por lo que no llegamos a una felicidad plena. Es una leve sensación de alegría artificialmente creada.
No solo eso, el ser humano también necesita desafíos físicos. El hecho de no tener que mejorar físicamente a través del ejercicio o la superación de enfermedades, provoca que la vida sea demasiado fácil para ser realmente disfrutada.
Y por supuesto, lo más importante. El amor y las relaciones humanas. En esta distopía se arrebata el concepto de madre y padre, hasta es visto como repulsivo, el concepto más primigenio de afecto y cuidado. Sin ello, no establecemos el concepto de familia ni pertenencia, lo que no nos permite responder a la pregunta: “¿quiénes somos?”
Tampoco se permite las relaciones amorosas, siendo la causa de la mayor de nuestras penas, pero también de nuestras alegrías. Haciendo esto se mantiene a la población solo en la superficie emocional, sin sumergirse en las profundas heridas que deja un corazón roto, o la intensa euforia que puede provocar solo un enamoramiento.
Todo esto me lleva a pensar algo. Los seres humanos no queremos ser felices. Queremos la vida. Con sus baches, con sus obstáculos y, sobre todo, con sus victorias. Sin dificultad, realmente solo nos quedamos vacíos en el mero placer sexual o que producen las drogas. Queremos ser felices, pero también sufrir.
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