El problema de los hombres

Los hombres tenemos un problema. Y no pequeño. Bueno, ahora que lo pienso, muchos. Pero uno en concreto me reconcome mucho.
Si pensáis que me voy a meter en el típico tema de: “No, es que los hombres no hablan de sus sentimientos y por eso tienen problemas mentales.” No. Está muy hablado, aunque algún día tendré que hablar de ello. Ojo, este tema es muy importante, pero creo que hay suficientes escritos al respecto y no quiero repetir lo que todo el mundo ya ha dicho, así que cuando tenga una postura nueva sobre ello, quizás, y solo quizás, escribiré algo.
Dicho esto, vamos a lo que verdaderamente nos concierne.
Los hombres somos criaturas simples. Solo queremos unas pocas cosas en la vida. Un deporte o afición que nos encante, una espada samurái y salvar el mundo. El problema es la tercera.
De verdad, queremos salvar el mundo. Queremos ser aquellos que puedan dar una estabilidad a las personas que tenemos al lado. Queremos ser pequeños Superman, pero sin capa y con los calzoncillos por debajo del pantalón y no al revés.
Pero obviamente no somos tan tontos como para creer que podemos salvar todo el mundo (aunque algunos, como yo, sí que somos lo suficientemente estúpidos), nos limitamos a nuestro mundo. Nuestra familia, amigos y toda nuestra pequeña tribu.
Generalmente, queremos que nuestro alrededor esté bien cuidado, e incluso hay veces que hacemos lo imposible por ello. Incluso en edades tempranas, se nos presentan situaciones muy complicadas donde debemos alzarnos ante las circunstancias y “ser unos hombres”.
Ahí se implanta la idea de que debemos ser salvadores, aquel bombero que saca en brazos a la chica guapa del incendio, pero solo metafóricamente. Nos vemos cargados con pesos inusuales para lo que estamos acostumbrados, un peso asfixiante y que no nos deja otra opción que empujar ante las dificultades, cuando nosotros solo queríamos ser felices.
El problema es cuando no tenemos la suficiente fuerza (mental, sobre todo) para poder salvar a los demás. Ahí es cuando nos hundimos. Nos sentimos inferiores, dolidos, débiles y, sobre todo, un fracaso. Una persona que no se merece nada de lo que tiene. Que cuando surgió la oportunidad de realmente demostrar tu valía, caíste.
Y es injusto. Es injusto que nos juzguemos así. Es injusto que nos tiren piedras gigantes rodando a 100km/h hacia nosotros cuando no hemos hecho nada malo, pero aún así tenemos que lidiar con ello.
Este escrito no es para aquellos que piensen que los hombres solo tenemos que proveer, para el que piense que los hombres debemos ser una roca indestructible capaz de todo, sino para aquel que sabe que los hombres, ante todo, somos personas. Personas que sienten. A las que les duele la vida. A las que les duele no llegar hasta donde se han puesto.
Justo en ese fracaso, es donde nace el verdadero hombre. Aquel que es capaz de sobreponerse a los fracasos, que entiende que, a pesar de que queramos salvar a todos, no siempre está en nuestra mano, pero siempre está dispuesto a ayudar en lo que él pueda. Aquel hombre que se ama a sí mismo por lo que es y por lo que es capaz de conseguir, y no se valora solamente por sus fracasos.
Trátate mejor. No eres capaz de llegar a todo. No eres Superman. Aunque veas a otros que lo parezcan, en el interior de su corazón, son solo como tú. No te castigues por no conseguir hazañas sobrehumanas, solo intenta ser un poco mejor cada día. No tienes que salvar al mundo, tienes que salvarte a ti.
Si quieres que te moleste con reflexiones, suscríbete.






