¿Por qué hay que pensar?

Tú no has pensado en tu vida. Bueno, o quizás sí. Pero por lo general, nadie se pone a pensar.
Nos gusta pensar en cosas relativamente banales, aunque importantes para nosotros. Por ejemplo: la carrera que debemos estudiar, la zona donde queremos vivir o el trabajo que vamos a desempeñar hasta que nos convirtamos en polvo.
Sin embargo, cuando hablo de pensar, no digo a este nivel, sino a uno mucho más profundo. Me refiero a los valores que nos han sido inculcados como sociedad desde nuestro nacimiento.
¿Qué significa ser bueno? ¿Existe realmente la libertad? ¿Y si la historia no es tal y cómo nos la han contado?
Este tipo de preguntas destrozan nuestras creencias internas, no nuestras ideas. Esto lo diferenciaba bien Ortega y Gasset, a través de la metáfora de un río.
El agua que pasa por el río son nuestras ideas, fugaces, cambiantes y con poca permanencia en nuestra mente. Por ejemplo, podemos pensar en la idea del comunismo y luego desecharla porque no nos agrada. El agua fluye.
En cambio, el fondo del río es muy poco cambiante, la forma del río viene ya dada. Es lo que define al río tal y como es. Ese fondo son nuestras creencias. Gracias a ellas sustentamos la realidad tal y como la vivimos. Sin ellas, nuestro mundo se derrumbaría. Van de cosas tan obvias como que la mesa en la que estoy escribiendo es real o que la silla en la que te sientas no va a desaparecer, hasta cosas tan profundas como nuestra moral, nuestros valores por los que medimos la vida y a otras personas.
Sin embargo, una gran corriente de agua puede provocar erosión en el río, cambiando su forma y fondo. Estas preguntas que os propongo intentan conseguir precisamente eso. La realidad a la que nos hemos ajustado no tiene por qué ser la buena o verdadera, realmente, no hay una concreta, sino la que vamos construyendo a lo largo de nuestras vidas y experiencias.
A lo largo de mi vida siempre me habían dicho que ser bueno significaba ayudar a los demás, empatizar y ser solidario. Alguien que ayuda a los más necesitados. Sin embargo, un día compré el libro Genealogía de la moral de Nietzsche. Cambió completamente mi perspectiva en lo que significa la bondad y la maldad.
Para Nietzsche, ser bueno significa ser virtuoso, aquellos se valen de sí mismos son los “buenos”, con una moral de señores. Conciben el concepto de ser bueno a partir de ellos mismos. Es decir, el bueno, es el que no es compasivo, sino independiente y egoísta. Mientras que los “malos”, los que tienen la moral de esclavos, son aquellos resentidos que culpan del mal a los buenos, y propugnan los valores reactivos: la empatía, la humildad, la obediencia y la compasión. Alaban los valores que tienden hacia el bien colectivo.
Nietzsche era una voz disonante ante los valores impuestos por el cristianismo, negando rotundamente su moral que ponía por delante al pobre y al débil para su cuidado en la sociedad.
Es un reduccionismo muy grande de su filosofía, pero esto era solo un simple ejemplo. Lo que quiero no es que seáis fanáticos de Nietzsche ni de ningún otro filósofo, ni siquiera que leáis libros de filosofía (aunque nunca viene mal), sino que simplemente os pongáis a pensar.
Pero que penséis más allá de lo que normalmente lo hacéis. La diferencia entre una persona normal y un filósofo es la cantidad de veces que se cuestiona las cosas y la vida. Cuánto más cuestionéis, mejor veréis las injusticias, las faltas de respeto a la verdad y a la libertad y más difícil será que os puedan someter a ideas que no son aceptables.
Luchad contra el estancamiento del río, que siempre fluyan nuevas ideas por vuestra cabeza.
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