Hablo de si Dios existe con un cubata

Hace poco hice botellón. Gran experiencia. Pero lo importante no es el botellón. No se ni cómo ni por qué, pero salió la idea de Dios. Era la 1 y 30 de la mañana y nos pusimos filosóficos. Sin embargo, no duró mucho la conversación, ya que una chica dijo: “Ay, ¿y eso qué más da? No es importante.”
Para mí fue un shock, pero los demás le dieron la razón y seguimos conversando de temas intrascendentes, como es lo normal en una previa donde el objetivo es ponerse torombolo.
Por mucho alcohol que hubiera en mi cuerpo aquella noche, esas palabras se me grabaron en la cabeza. No podía sacarme el pensamiento de: “Si nuestra razón de existencia no importa, ¿acaso algo importa?”
Si estuviera con Camus, probablemente me diría que no importa nada una mierda, pero para mí sí que importaba, por dos sencillas razones.
La primera, ¿cómo no va a importar pensar y reflexionar sobre algo? Obviando los beneficios mentales de pensar, que no me importan mucho, si no nos ponemos a cuestionar cosas como nuestras creencias básicas sobre el mundo y su existencia y nos limitamos a aceptar lo ya enseñado, somos personas fáciles de adoctrinar. Carecemos de criterio propio, por lo tanto, perdemos lo que nos hace únicos: nuestra mente y nuestra manera de pensar y vivir.
Y la segunda, joder, sí que soy raro. Me sentí tremendamente desconectado por un segundo de ese entorno. Yo, una persona que le gusta preguntarse constantemente cosas como la existencia o no de una entidad superior, el poder político, que me fascina la filosofía, me vi abrumado con la indiferencia hacia el saber que me encontré.
No porque fuera una previa, que entiendo que no todo el mundo quiere ponerse a filosofar con un ron cola en la mano, pero en general. Cada vez que un tema de este estilo se ha conversado con personas cercanas a mí, la indiferencia es tremenda. El hecho de que no posean curiosidad por saber de algo, aunque no le puedan sacar rédito económico, me parece decepcionante.
Esa es la sociedad que estamos construyendo. Gente sin ganas de saber, sin ninguna pregunta que hacer, sin ninguna voz para alzarse para cuestionar o criticar algo.
Sinceramente, la culpa no es tanto suya ni nuestra como generación, sino más por la educación que nos ha sido dada. Las asignaturas se nos presentan como grandes losas de información que nos obligan a cargar hasta que por fin somos capaces de desprendernos de ellas en los exámenes, sin tener que quedarnos con nada de lo que anteriormente hemos llevado a nuestras espaldas.
Sobre todo, la asignatura de filosofía. Nunca nos hemos visto con el problema de tener que pensar algo, sino que simplemente nos han llevado directamente a estudiar a los racionalistas y a los empiristas. Así a cualquiera le apetece pensar.
También tenemos parte de culpa por no haber llevado a más esa curiosidad que emanaba desde nuestro interior por las cosas, pero es que cada vez que preguntábamos, la respuesta era: “No te preocupes, eso no entra para examen”.
Nos han matado la curiosidad, como si solo fuéramos inocentes gatos. Me duele ver cómo las personas pasan su vida sin saber si quiera si lo que ven es real, si lo que creen es real, pero les da igual, porque es más sencillo ser feliz cuando eres ignorante que cuando te preguntas qué es realmente verdadero.
Si quieres que te moleste con reflexiones, suscríbete.






