Follar, tener sexo y hacer el amor

Hablemos de follar. También llamado sexo. También llamado hacer el amor. Curiosamente, aunque las 3 expresiones hablan de lo mismo, para mí ninguna corresponde con lo que es en sí el acto.
Si hablamos de la primera, puede ser más la visión actual sobre el acto sexual. Se ve como una actividad lúdica, es casi como salir a correr con alguien (sí, la palabra está elegida a propósito). Esto lleva a que se popularice el sexo casual y se vea como una manera de entretenerse, eliminando completamente la parte espiritual y amorosa del acto, solamente es una manera de pasar un buen rato. Si tuviera una imagen que acompañara a la palabra, sería el porno.
La segunda expresión puede interpretarse como la primera, pero yo lo veo más como las escenas de las pelis. Se incluye el erotismo, el misterio y la sensualidad del acto. A pesar de que se sigue dejando la parte espiritual fuera, me parece que esto representa mucho más lo que realmente es.
Por último, hacer el amor. Al hablar de esto parece que se habla de caricias y besitos en la mejilla. Por fin se acopla el sentido amoroso y espiritual al acto; sin embargo, se omite completamente la parte primal y cruda de lo que es el sexo.
Estas tres palabras tienen una función: hacer que malinterpretemos el sexo a lo largo de nuestras vidas.
Cuando llegamos a la adolescencia, lo vemos como follar, algo duro y que es muy divertido. Todos queremos hacerlo. Sin embargo, nos quedamos vacíos una vez que saciamos ese ansiado deseo. Nos sentimos como un trozo de carne. Más que un acto que conecta nos desconecta de la realidad y de la persona con la que estamos.
Usamos el cuerpo de la otra persona como objeto de placer y la otra persona nos usa a nosotros. Por mucho que sea consensual y que nos lo pasemos bien, nos sigue dejando el alma huérfana, sin ninguna trascendencia.
Posteriormente crecemos (más) y buscamos lo que tanto nos ha faltado: la conexión. Ahora sí que estamos contentos con el sexo, ¿verdad?
Pues lo más probable es que no. Pasamos de disfrutar del aspecto primal del acto, a obviarlo por completo. Aunque nos enamoramos y durante un tiempo se mantiene esa fogosidad, luego pasamos incluso a verlo como una obligación. No satisfacemos ese sentimiento de necesidad obscena y cruda que sentimos dentro, olvidamos lo que nos aportaba antes el sexo.
Hay que reenfocar cómo vemos el sexo. No tiene por qué ser o aburrido y romántico o pasional y desconectado. Siempre es posible conseguir un equilibrio. Solo hay que poner ese punto de pasión una vez creada la conexión perfecta.
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