¿Quién soy? ¿Por qué no soy yo?
¿Existe realmente la autopercepción? ¿Soy quién yo quiero ser o soy lo que otros han querido que yo sea?

Para responder a esa pregunta, habría que retroceder un poco y cuestionar algo aún más fundamental: ¿existen las ideas originales? ¿Qué entendemos por una idea “original”?
Si la definimos como un pensamiento completamente libre de influencias externas, algo que nace puro y nuevo de nosotros mismos, entonces podríamos afirmar que no existen. Desde que nacemos absorbemos estímulos, palabras, gestos, estructuras de pensamiento. El conocimiento no brota de la nada: se transmite, se adapta, se transforma. Ya sea como un oficio que pasa de generación en generación o como una opinión que escuchamos en una conversación casual, siempre hay una huella previa en nuestras ideas.
Pero si consideramos una idea original como una combinación disruptiva de conocimientos anteriores —una forma inesperada de conectar puntos ya existentes— entonces claro que existen. Sería el proceso de tesis (conocimiento previo), antítesis (otro conocimiento previo que lo contradice), y síntesis (la idea nueva). A veces basta una sola base previa para reformular algo desde una mirada inesperada. La originalidad, en este caso, no está en la materia prima, sino en la forma de combinarla.
Y esto se aplica a todos los campos: la ciencia, la filosofía, las matemáticas, el arte, la literatura… todo está atravesado por una influencia pasada. Por tanto, aunque las ideas nuevas pueden ser frescas y revolucionarias, casi siempre llevan algo de herencia en su ADN.
Entonces, si las ideas que tenemos están inevitablemente condicionadas, ¿qué pasa con la idea que tenemos de nosotros mismos? Nos lleva a la pregunta, ¿realmente soy quién creo que soy?
La autopercepción —eso que creemos que somos, cómo nos vemos, cómo nos definimos— también se construye a partir de una mezcla entre lo que recibimos de los demás y lo que decidimos aceptar o rechazar. Desde pequeños nos van señalando: “eres tranquilo”, “eres movido”, “eres diferente”. Y eso se nos queda, como etiquetas que vamos archivando sin apenas darnos cuenta.
Si mucha gente nos rechaza por ser diferentes, tal vez nos percibamos como incomprendidos. O quizá como superiores, bajo la idea de que “no nos entienden”. Si desde la infancia nos elogian por ser calmados, es probable que incorporemos esa calma como parte esencial de nuestra identidad. O tal vez no: quizá creamos que solo aparentamos tranquilidad, ocultando dentro una fuerza que los demás no han sabido ver.
Lo que llamamos autopercepción podría ser, entonces, una especie de espejo distorsionado. No es del todo nuestro, pero tampoco ajeno. Es una tensión constante entre lo que los demás nos dicen que somos y lo que decidimos hacer con eso. Aceptamos lo que nos gusta, rechazamos lo que nos incomoda, a veces lo invertimos, a veces lo ocultamos.
Y quizás ahí esté el verdadero juego: no en definir si somos esto o aquello, sino en entender desde dónde nos definimos.
Si quieres que te moleste con reflexiones, suscríbete.






