Expectativas: El asesino de la felicidad
“Es guapa, lista, me entiende y, además, ¡es médica! Lo tiene todo, estoy seguro de que es ella la indicada”

Esta es una situación idílica. Conoces a una persona que parece perfecta, conectáis, no podéis despegaros el uno del otro y sientes que va a ser la madre de tus hijos. Has encontrado lo mejor de tu vida.
Otra situación que te puede pasar es que consigues un trabajo que te permite horario flexible, te pagan bien y parece una empresa en la que puedes crecer personalmente. Has encontrado lo mejor de tu vida.
Las dos situaciones tienen algo en común: la culpa es tuya.
¿De qué? ¿De qué tengo la culpa?
Le pones demasiadas expectativas. La persona que crees que es el amor de tu vida tiene defectos, no la pongas en un pedestal. Solo funcionará si la aceptas con defectos y no crees que es una especie de diosa.
Lo mismo pasa con el trabajo. Crees que todo va a ser camino de rosas hasta que te toca un jefe gilipollas que te manda trabajos de nula significancia y que solo te hacen perder el tiempo, lo que te lleva a perder la motivación.
¿Pero por qué lo hacemos? ¿Por qué pensamos que las cosas buenas, son aún mejores?
Creemos en la perfección. Que existe ese Edén en la tierra que nos acogerá y nos liberará del sufrimiento que padecemos día tras día en la asfixiante rutina. Sin embargo; nada es tan bonito como nosotros lo pintamos. Nuestras expectativas nos engañan.
Vemos algo simplemente bueno y lo convertimos en nuestra salvación. En aquello que le aportará el sentido que tanto anhelamos a nuestra vida. Queremos vivir por eso.
Para algunas personas, esto es el amor. No solo en sí la pareja. Idealiza el amor creyendo que su bienestar va a venir de él y que va a vivir una rom-com americana con Julia Roberts incluida.
Para otras, es el trabajo. Creen que enfocándose en él y consiguiendo la mayor cantidad de hitos profesionales, sentirán que son una persona que aporta algo a la sociedad, y por ello, se sentirán completos.
Lo que no contemplan ninguna de las personas anteriores es que nada te va a salvar de la vida. Acepta la mierda de vida que hay. Es la que toca. Pero es la única que tenemos. Justamente por eso es tan preciosa.
Mira a la vida con franqueza. Sin expectativas. Debes tener esperanza sobre que las cosas pueden mejorar, pero no puedes pensar que va a caer un ángel del cielo. La vida tiene belleza, pero también tiene dolor.
Nadie te va a salvar del dolor. Convive con él. Enfócate en ser mejor en todas las áreas, pero ninguna va a ser la morfina que convierta el dolor y el sufrimiento en fino aire, desvaneciéndose en la nada.
Vive sabiendo que todo es una mierda, pero acéptalo. Cuando lo aceptes, comprenderás lo que a muchos les cuesta toda una vida: “La mierda esta no está tan mal”.
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