Creer en Dios y por qué no puedo

Admiro a los creyentes.
Pero soy agnóstico. Eso significa que ni afirmo ni digo que no exista un dios, lo que me deja un poco en una zona extraña. ¿Soy ateo? No. ¿Soy creyente? Tampoco. Es como una especie de abstención ideológica. Esta creencia sería para mí algo que va a cambiar, no quiero estar toda mi vida en el limbo teológico. Pero simplemente me falta información para afirmar algo al respecto.
El tema no es mi vaga posición sobre Dios, sino que hace poco hice el camino de Santiago. Un poco hipócrita por mi parte, pero ahora os explico por qué lo hice.
Para quién no sepa qué es el camino de Santiago, es una caminata larga (de unos 100km mínimo) que se realiza para visitar la tumba del apóstol Santiago en Santiago de Compostela, en España. Se hace con objetivos religiosos, para la purificación del alma y la expiación de la culpa. Pero también hay muchas personas que no son creyentes (yo) y lo hacen (también yo) con el objetivo de pegarse un viaje distinto y pasarlo bien.
Yo este viaje lo hice con mi universidad (católica), que me pagaba una gran parte del coste. Fuimos 3 amigos juntos a ver que se cocía por ahí. Estábamos con varios curas y dos monjas (muy majas, por cierto). El tema es que observé algo que no me había dado mucha cuenta de más pequeño, que es cuando todavía iba a las iglesias.
Las personas realmente creyentes te hablan de que el humano tiene un deseo de amor infinito que jamás nadie podrá llenar. Adivinar quién es el único que puede. En efecto, Dios. Estas personas se sienten constantemente queridas por alguien y sienten que también tienen alguien al que le van a hablar y les va a perdonar cuando y donde les apetezca. Aún va más allá, encima hay una gran cantidad de personas que piensan como ellos, por lo que jamás están realmente solos, siempre tienen tanto a Dios, como a personas afines a ellos.
Esto es la cura para muchos problemas modernos: la soledad, la falta de comunicación y la falta de amor. Todo viene en un pack: Dios. Gracias a esto, son completamente felices, ya que no les hace falta nada más que su amigo imaginario.
Dicho esto, les envidio. El poder sentir un amor tan grande hacia algo, ya les da un sentido intrínseco a sus vidas que nosotros, los no creyentes, no nos viene tan fácil. Tienen su psicólogo particular, que los ama con locura, y que jamás dejará de escucharlos (y lo mejor de todo, no cobra).
Volviendo a mi camino, yo veía como cuando llegaban a una Iglesia, les cambiaba la cara. Rezaban, salían de ahí, y eran otras personas. Se sentían relajadas, felices, sin culpa. Al fin y al cabo, habían admitido sus males y habían pedido perdón allí dentro.
Fuera de argumentos lógicos (el ajuste fino, la teoría del multiverso, y demás que prueban y desacreditan la existencia de Dios), el que es creyente no cree por simple lógica. Cree por fe. Y cree porque le interesa.
Todos los beneficios (que no son pocos, ya que con ese amor alcanzan felicidad plena) les vienen dados solo por aceptar y rendir homenaje a esta figura deísta. En cambio, yo como creyente, para alcanzar mi sentido intrínseco de la vida tengo que llevar a cabo una investigación lógica y descubrir mis pasiones y afinidades, y posteriormente definirme.
¿Veis lo fácil que es para un creyente? Por eso les admiro. Reducen la búsqueda personal a algo tan sencillo como la religión, que les permite una respuesta para su origen, su fin y su identidad. Y encima son tremendamente felices.
Sin embargo, no puedo simplemente creer. No siento esa fe. Sin embargo, seguiré reflexionando. Investigaré. Y aunque no me sea tan fácil, alcanzaré esa felicidad plena y el pleno conocimiento de mi persona. No me permitiré desistir.
Si quieres que te moleste con reflexiones, suscríbete.






